La Herida del Pecado

XIII

Él vivía en la Colonia de las Flores,

una orilla había a sus pies del Manzanares,

entre azucenas y abejoneares

las camelias desprendían mil olores.

Él vivía en la Colonia de las Flores,

no apreciaba su sabor a hierbabuena,

cuando a mi soledad golpeó la pena

le vinieron de repente mil dolores.

Él vivía en la Colonia de las Flores,

se enredaba cada atardecer de mayo

la corteza de su alma con el tallo

de mi corazón bebiendo mil licores.

Gracias.

Flor Ka

white petaled flowers
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SUMARIO 4. Consultorio 746. – Cervantes, verdaderamente manco?

La cultura durante el siglo XVI

FUENTE: HISTORIA Y VIDA

AÑO VI NÚMERO 62 MAYO 1973

* Revista mensual editada por Gaceta Ilustrada, S.A.

* Impreso en los talleres de “La Vanguardia”

* Director: Ramón Cunill

En su vida de Miguel de Cervantes Saavedra, publicada en Madrid en 1819 y varias veces reimpresa, Don Martín Fernández de Navarrete, aludiendo a la batalla de Lepanto, dice: ”Recibió Cervantes en tan activa refriega tres arcabuzazos, dos de ellos en el pecho, y el tercero en la mano izquierda, que le quedó manca y estropeada.” Lo mismo o algo muy semejante, escriben otros muchos ilustres biógrafos del autor del Quijote. ¿Por qué, entonces,  en El Huésped del Sevillano y alguna otra obra teatral los actores que encarnan a Cervantes salen a escena simulando que les falta el brazo? ¿Es que le cortaron dicho brazo a causa de las heridas recibidas? Creo que no. Y, por tanto, se debiera evitar el efecto deplorable de ver a Cervantes más mutilado de lo que quedó en Lepanto.

Si es que estoy en un error, les agradecería me sacaran de él.

Miguel Ortí Calvo Cuenca

Soldados republicanos en Belchite, recién conquistado
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¿Cuánto pesa el alma?

¿Cuánto pesa el alma?

Dicen que nada más morir, perdemos un cuarto de kilo, es el alma que sale del cuerpo.  MENTIRA.

Verdad que se va y verdad que pesa, mas no pesan todas lo mismo.

Ni mucho menos se van al morir, hay almas que se van al nacer, otras en la infancia, algunas en la adolescencia, muchas en la juventud, y ese cuarto de kilo se va con ellas.

Ese vacío interior que deja ¿ya no pesa?

¿Son iguales alma y conciencia? En nuestro lenguaje “al uso” soltamos frases tipo: -“me duele el alma” haciendo referencia a una tristeza que tenemos, la cual nos pesa. Y cuando decimos, por ejemplo: “tengo cargo de conciencia”, algo nos pesa también. O al revés: “tengo la conciencia tranquila”, “Tengo el alma en paz” ahí  afirmamos que no nos pesa.

Te sientas, sola, en un rincón. Tranquila, pensando, y tu mente se para justo en un recuerdo, en un momento, que es el que más te duele, el que menos quieres, el que más te dan.

Y piensas en tantas cosas, que ya se te quintan las ganas de imaginar.

Porque ya tienes bastante con la realidad, con tu realidad.

Como para fantasear, te vienen tantos temas a la cabeza: la injusticia, el odio, el rencor, el mal, el por qué, tu por qué, el ayer, el hoy, el mañana, la vida. Tu vida. ¿De qué sirve? El mundo es de todos pero cada uno tiene el suyo. En tu interior hay algo bueno, está ahí, sácalo, ten esperanza.

Era la hora para la batalla.

La mirada del soldado proyectaba al Sol su rabia.

TE ESPERARÉ- dijo ella.

REGRESARÉ – dijo él.

Bajo el claro cielo, afianzaron, colgándose cadenas en sus cuellos, su eterno amor.

Se despidieron besándose el collar. Con los cinco sentidos prometieron volver a unirse.

La eterna pregunta. ¿Voluntad u obligación?

Daba igual porque el final no cambiaría.

¿Cuánto pesa el alma? Se preguntó.

Pisaba con tanto miedo por el campo de minas, que creyó por un momento ser un ángel.

No le explotaría ninguna porque no pesaba. Y con ese pensamiento consiguió cruzar el campo.

Pero… BOOOMMM

Toda su vida en un segundo.

Recuerdos de una dudosa vida, ¿la quiso tener?, a punto de morir no sabía con certeza si la eligió o se la impusieron.

¿Voluntad u obligación?….

Efectivamente… Daba igual.

Cosas de este tipo son las que me gusta cavilar. Me gusta pensar que me aportan algo, aunque no sepa exactamente qué.

Muchas gracias.

F.K

Trozos de papel (I)

Las cosas seguían mal. Todo apuntaba que iba a ser muy, muy difícil, escapar de su pasado.
Aquella noche no conseguía conciliar el sueño, así que abrió el cajón, ya sabía qué guardaba.
Sacó un par de las decenas de cartas; no pudo leer; cerró el cajón con tanta fuerza que se oyó cómo del golpe se desquebrajaron los tacos que encajaban con el mueble.
Las lágrimas cayeron en cascada. ¿Por qué le dolía tanto su pasado? Debía enfrentarse a él tarde o temprano, esa cobardía estaba durando demasiado, era hora de leer.
Apretó el botón de su pasado. Ya no había marcha atrás.

Siempre se repetían los mismos versos
Siempre se repetían.


La Luna lucía y yo quería oler la primavera.
Pero entera un sol de invierno la metía
en su caja de madera.

F. K