Retrato de Lorca por Esteban Conde

RETRATO DE LORCA EN LAS HOGUERAS DE AGOSTO

Vivo que te quiero vivo

sobre el olivo sagrado,

no a dos metros bajo tierra

ni por la tinta enterrado.

Vivo que te quiero vivo,

bien vivo en este retrato

que en las hogueras de agosto

con mis palabras levanto.

Tu pelo es la noche negra

de Nueva York y los charcos

donde palomas sin paz

beben la lluvia del llanto.

Tu frente es la arena amarga

del coso triste en que Ignacio

derramó la sangre hermosa

de las fuentes de su mármol.

Tus cejas los dos caminos

que de pronto se cerraron

muy cerca de tu Granada

bajo un olivo asustado:

uno el camino del fuego,

otro el camino del canto,

y los dos como dos cauces

de dos ríos apagados.

Tus ojos son dos mañanas

con dos soles calcinaos

hartos de alumbrar las sombras

de muertos enamorados.

Tus orejas caracolas

donde resuenan los mágicos

gemidos de la guitarra

entre palmas de gitanos,

laberintos de sonidos

donde se pierden los pájaros

entre explosiones de frutas

y relinchos de caballos.

Tu nariz un tobogán

para el clavel y el geranio

y para el ácido triste

de la herida a navajazos.

Y cuando llego a tu boca

para cerrar tu retrato,

sé de pronto que estás muerto

como te quieren los fatuos,

los que levantan su nombre

a fuerza de estar nombrando

el tuyo, buen Federico,

madera de sus andamios.

Vivo que te quiero vivo

sobre el olivo sagrado.

por eso cito tu boca,

boca de labios cerrados,

para decir las palabras

que gritaron en tus labios:

Nunca os dejéis dominar

con la voz de los balazos;

la vida sabe a injusticia

y el hombre oficia de hermano

cuando la verdad se dice

con corazón y con manos.

ESTEBAN CONDE

Mas den Gall, 19-agosto-1986

Poema extraído del n° 35 de la revista MANXA, publicada en diciembre de 1986 por el Grupo Literario Guadiana. Ciudad Real.

Decir, al respecto, que el Retrato enaltece, aún más si cabe, la vida y obra del poeta. Con una impecable “des-humanidad”.

Elegía a Ramón Sijé


Como toda disciplina que se precie, la retórica encuadra distintos campos de conocimiento (literatura, política, publicidad, periodismo, etc.) que se ocupan de instruir y cavilar técnicas de utilización del lenguaje con una finalidad disuasiva. La retórica tiene su origen en la Grecia clásica, ars bene dicendi, y se define como un sistema de figuras y recursos que empleados acertadamente forman una construcción artística. Las figuras literarias o recursos estilísticos son locuciones gramaticales que difieren de la sintaxis común, y sirven para engrandecer la expresividad. Tú mismo puedes señalar rasgos del lenguaje que no emplearías al hablar o escribir corrientemente, que te “extrañan”, porque en ellos está actuando la función poética (no sólo en poesía), consistente en que el lenguaje llame la atención sobre sí mismo.
Yo recuerdo, por ejemplo, la ironía, que es el modo de burlarse de alguien afirmando seriamente lo contrario de lo que se quiere dar a entender con la intención de burlarse, o el sarcasmo, que ya hiere.
El pleonasmo, que consiste, mejor dicho, insiste en una idea innecesaria, “la vi con mis propios ojos”. (Redundancia)
O la entrañable perífrasis, que elude la palabra directa y alude al objeto, así, perifrásicamente, aludimos a Lope de Vega llamándolo “el Fénix de los ingenios españoles”.
ANÁLISIS
Pero vamos a poner un ejemplo práctico para ver más figuras o recursos, y también me voy a decantar por una elegía, como ya sabemos, un poema de amistad y muerte, esta vez de Miguel Hernández a Ramón Sijé, con quien tanto quería. 

  
Yo quiero se llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
10   Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
20   temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
30   a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble kalavera
y desamordazarte y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera;
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
40   Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

No me digáis que no es precioso.

En fin, a mí se me eriza la piel, pero a lo que vamos, Miguel Hernández representa como nadie el giro que llevó de la poesía pura a una palabra arrebatadamente humana, es un puente entre la generación del 27 y los poetas de posguerra. Por supuesto, también escribió un libro de sonetos, “El rayo que no cesa”, qué inolvidable <<Como el toro…>>.

A lo que íbamos, debemos anticiparnos, en la elegía, a la expresión hiperbólica del dolor, la hipérbole, un tropo que consiste en realizar una exageración muy grande, “que por doler me duele hasta el aliento”, “No hay extensión más grande que mi herida”.

La anáfora, repetición de la misma palabra al comenzar varios versos, “Temprano ….., temprano ….., temprano…..”, “No perdono ….., no perdono ….., no perdono …..”.

El polisíndeton, repetir una conjunción para darle mayor fuerza a la expresión, ” y besarte la noble calavera, y desamordazarte y regresarte”.

La epanadiplosis, que consiste en poner la misma palabra al principio y al final del verso, “compañero del alma, compañero”

Y hay más, os lo aseguro, pero no es cuestión de memorizar como en la escuela, lo importante es el clímax del poema, su métrica, cuidadosos tercetos, un clásico italiano.

Lo importante es la violencia, la rabia cada vez más intensa, la actitud de loco que adopta conforme va escribiendo, la sonoridad, 

y al final la calma.

Gracias.

Latinta.com Periodismo hasta mancharse.

F.K

Tanto a Antonio Machado como a Miguel Hernández se les ha calificado como “poetas de pueblo” porque han sabido, los dos, recoger los sentimientos más puros del pueblo y darles su voz.

Que mi voz suba a los montes-y baje a la tierra y truene-eso pide mi garganta-desde ahora y desde siempre-; cantaba Miguel Hernández en su poema “sentado sobre los muertos” Y Antonio Machado escribe: Si hablo, suena mi propia voz como un eco-y está mi canto tan hueco-que ya ni espanta mi pena.

A través de su voz contribuyeron, y siguen contribuyendo, a ensalzar las virtudes más nobles del pueblo, como son la generosidad, la entrega, el valor y la lucha por la justicia. Ambos dieron lo mejor de su vida y de su obra para construir una España más humana y solidaria.

¿Cuáles son en la actualidad las voces del pueblo?

¿Pudiera ser el 15M?

Creo que sí, que es lo más parecido….

“La España del cincel y de la maza…

España de la rabia y de la idea…”         

Hola, me llamo Flor-Ka

Para empezar, os voy a contar de donde viene mi pseudónimo.

¿Conocéis la elegía de Lorca a Ignacio Sánchez Mejías?
Seguro que sí, pero para los que no la conocéis y también para los que sí pero quieren volver a recordarla, os recomiendo leerla entera porque es magnífica.

LA SANGRE DERRAMADA

¡Que no quiero verla! 

Dile a la luna que venga, 
que no quiero ver la sangre 
de Ignacio sobre la arena. 

¡Que no quiero verla! 

La luna de par en par. 
Caballo de nubes quietas, 
y la plaza gris del sueño 
con sauces en las barreras. 

¡Que no quiero verla! 

Que mi recuerdo se quema. 
¡Avisad a los jazmines 
con su blancura pequeña! 

¡Que no quiero verla! 
La vaca del viejo mundo 
pasaba su triste lengua 
sobre un hocico de sangres 
derramadas en la arena, 
y los toros de Guisando, 
casi muerte y casi piedra, 
mugieron como dos siglos 
hartos de pisar la tierra. 
No. 

¡Que no quiero verla! 

Por las gradas sube Ignacio 
con toda su muerte a cuestas. 
Buscaba el amanecer, 
y el amanecer no era. 
Busca su perfil seguro, 
y el sueño lo desorienta. 
Buscaba su hermoso cuerpo 
y encontró su sangre abierta. 
¡No me digáis que la vea! 
No quiero sentir el chorro 
cada vez con menos fuerza; 
ese chorro que ilumina 
los tendidos y se vuelca 
sobre la pana y el cuero 
de muchedumbre sedienta. 

¡Quién me grita que me asome! 
¡No me digáis que la vea! 

No se cerraron sus ojos 
cuando vio los cuernos cerca, 
pero las madres terribles 
levantaron la cabeza. 
Y a través de las ganaderías, 
hubo un aire de voces secretas 
que gritaban a toros celestes 
mayorales de pálida niebla. 
No hubo príncipe en Sevilla 
que comparársele pueda, 
ni espada como su espada 
ni corazón tan de veras. 
Como un río de leones 
su maravillosa fuerza, 
y como un torso de mármol 
su dibujada prudencia. 
Aire de Roma andaluza 
le doraba la cabeza 
donde su risa era un nardo 
de sal y de inteligencia. 
¡Qué gran torero en la plaza! 
¡Qué buen serrano en la sierra! 
¡Qué blando con las espigas! 
¡Qué duro con las espuelas! 
¡Qué tierno con el rocío! 
¡Qué deslumbrante en la feria! 
¡Qué tremendo con las últimas 
banderillas de tiniebla! 

Pero ya duerme sin fin. 
Ya los musgos y la hierba 
abren con dedos seguros 
la flor de su calavera
Y su sangre ya viene cantando: 
cantando por marismas y praderas, 
resbalando por cuernos ateridos, 
vacilando sin alma por la niebla, 
tropezando con miles de pezuñas 
como una larga, oscura, triste lengua, 
para formar un charco de agonía 
junto al Guadalquivir de las estrellas. 
¡Oh blanco muro de España! 
¡Oh negro toro de pena! 
¡Oh sangre dura de Ignacio! 
¡Oh ruiseñor de sus venas! 
No. 
¡Que no quiero verla! 
Que no hay cáliz que la contenga, 
que no hay golondrinas que se la beban, 
no hay escarcha de luz que la enfríe, 
no hay canto ni diluvio de azucenas, 
no hay cristal que la cubra de plata. 
No. 
¡¡Yo no quiero verla!!

Federico García Lorca, 1935

Uff, se me entrecorta la voz al recitarla, bien, señoras y señores, he señalado en negrita el verso por el cual me hago llamar Flor-Ka. Exacto. La flor de su calavera.
Bien, un placer haber compartido con vosotros mi primera entrada.

Que tengáis un día esplendoroso.
Muchas gracias.
Un abrazo.